D.F.,-La delegación Benito Juárez, envuelve al número 1189 de la calzada de Tlalpan. Ahí es donde se reúne una estirpe peculiar: vestidos exóticos, bocas rojo carmesí, tacones de charol, trajes y corbatas perfectamente combinadas.
Todos mueven los pies al ritmo del danzón, salsa o cumbia, sin perder el cachondeo senil en los pasos. Otros se dedican a sacarle brillo al tenis, pues no les importa ataviarse como a la gente mayor.
Entre danzoneras, grupos tropicales y cumbiancheras, los asistentes pulieron la pista, por 50 pesos de cover, con 40 temas matanceros a cargo de "Sonoris Estelar", sin olvidar al maestro Pedro Ramírez interpretando el danzón inolvidable "Chucho y su música".
"El Palacio del baile en México", lleva 56 años con las puertas abiertas, la edad promedio es entre los 30 y 80 años. Aquí no circula la bebida alcohólica. Apenas puedes quitar la sed con un refresco de cinco pesos y deleitar a la tripa con un sándwich de jamón o una gelatina de color habitual.
En el "Califas" los compases terminan a las 23 horas, para dar paso a otros lugares enigmáticos de Tlalpan.
Dos cuadras más adelante del California Dancing Club, te entretienes con la cumbia apresurada de "Los Cristales" un bar de esos del barrio encerrado en el número 1235 de Tlalpan. Se vale compartir la mesa para no perder de vista a los que se mueven de brinquito y brindan con la cerveza que deje circular el barullo.
Por ventura entran prostitutas, drogadictos y hasta rufianes, rateros y señores engañosos. Lo que es cierto es que aquí se viene a divertirse un rato y quizá a bajarle la novia al de junto, sin inquietud en la conciencia o culpa con la esposa; lo único que se quiere es bailotear pegado y dejar que el cuerpo reaccione naturalmente.
Al salir y caminar por el Tlalpan se mezclan los miedos más profundos y se descubren algunas sorpresas placenteras y atrayentes. Cada esquina está ataviada con las reinas, esas que sin tapujos y sin importar el frío o la lluvia, salen con un paraguas a repartir delicias ocultas bajo las piernas.
Todas, casi uniformadas con minifaldas, pronunciados escotes, maquillaje exagerado y altos tacones que llaman la atención, esperan un claxon de automóvil que pregunte por sus servicios.
Las "vestidas" o travestis abundan por la calzada, por lo que el desconcierto puede estar presente, disimulado en un buen par de siliconas infladas al por mayor.
Las prostitutas de Tlalpan tienen sus reglas: condón indefectible, sexo hablado, oral, anal o situaciones inusuales, todo a cambio de unos buenos pesos y el acostón puede salirte hasta en mil pesos, según la exigencia del cliente.
Un hombre escondido en un buen par de tetas, maquillaje y pupilentes verdes, trataba de caminar sensualmente a la ventana del automóvil, sobre un par de tacones capaces de alcanzar un rascacielos.
Dejó percibir un olor peculiar, entre lavanda, látex y algún rastro de cigarro por su cabello largo y cobrizo. Su voz grave destapó un aliento fresco, que sólo ofrecía servicios normales: penetración, sexo oral y nada de tríos. Simplemente se marchó a su esquina. El ruido de los tacones amenizaba aquélla tranquilidad vial de Tlalpan.
Las luces de la ciudad encienden el desenfreno de sorpresas que ella misma se tiene guardada: amor de calle, fiesta interminable, asaltos y uno que otro mariguano vagabundeando por la calzada.
Lo cierto es que cada noche es distinta. Mientras algunos fuman, los perros sin dueño se pasean por las calles y la señora sigue ofreciendo de bar en cantina y en cada entrada de hotel de paso rosas para el galanteo.