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Radiografía en Red.
Alberto Uscanga Balderas
alberto@diariodelgolfo.com |
Desde que llegué al mundo (tengo fotos que dan testimonio de ello) puedo decir que ya era gordo, pero conociendo los hábitos alimenticios de mi pueblo, de mi familia y de mi hogar, aunque no hubiera nacido gordo, seguro que en poco tiempo lo sería.
Así que toda mi infancia la transité con sobre peso, pero como a mi madre le decían sus amistades cuando la visitaban o se la encontraban en la calle: “que bebé tan sano”, “que gordito tan apuesto”, “que niño tan simpático” y comentarios similares, ella se llenaba de satisfacción y pensaba que dichos comentarios eran debido a que me veían gordo y no a mi encanto natural (jeje).
Y es que la mayoría de los padres encontramos que los niños como los animalitos se ven mejor gorditos, pero sin son nuestros queridos hijos, entonces son los más bellos del mundo.
Pero llegó un momento en que, entre la fea comida del internado, “el estirón” de la adolescencia y la práctica de deportes hizo el prodigio de ponerme en forma.
Y así pasaron los años de la secundaria y la prepa sin problemas con la gordura.
Pero todo cambió cuando ya estábamos en la universidad, comíamos mejor, con carro para movernos y para completar el cuadro le empezamos a meter a las chelas.
Entonces llega a mis manos la primera dieta que llevamos (me acompañó en la aventura mi primo Alejandro, mejor conocido en los barrios bajos de Lerdo como “El Pingüino”) y ahí comienza el sube y baja de kilos ¡y de tallas!
No recuerdo exactamente cuantos kilos tenía que bajar, pero estoy seguro que no eran más de cinco. Con mis 1.72 m. de estatura y me parece que 75 kilos de peso, necesitaba bajar a 72 según alguna tabla de peso corporal que vi por ahí.
La dichosa dieta se la había recetado un nutriólogo a una señora de mediana edad, chaparrita y gordita, que fue quien me la dio. Por supuesto que era lo más apartado a las necesidades de dos jóvenes estudiantes sanos, pero como siempre: obstinado y necio, dispuse que estaba perfecta para nosotros.
El desayuno del primer día fue: café o té negro sin azúcar, ensalada generosa de lechuga y unas rebanadas de tomate y párenle de contar. Al medio día, media hora antes de la comida, un vasote de agua, comida: ensalada generosa de lechuga, unas rebanadas de pepino y un huevo duro. Así llegamos a nuestra primera cena dietética que consistió en… ajá ensalada de lechuga con tomates.
Nos despertamos el segundo día con hambre pero contentos por mostrar tanta fuerza de voluntad y prestos a devorar nuestra ensalada generosa de lechuga con tomates acompañados con una humeante taza de café negro sin azúcar.
Como a las 11 de la mañana me salí de clases, por que el hambre ya me torturaba feamente, cual no sería mi sorpresa que el Alejo ya me estaba esperando en casa pues se había salido de la escuela por el mismo motivo que yo. Dijimos: manos a la obra, y nos pusimos a preparar nuestra comida que fue idéntica a la del día anterior pero más abundante (dos huevos duros en lugar de uno).
Antes de la seis de la tarde estábamos cenando para irnos a la cama, endebles y malhumorados.
Un rato después soñaba que en una parrilla tenía asando diferentes cortes de carnes pero por algún extraño motivo no podía comerlos, que pesadilla. En eso despierto y me doy cuenta que todo el departamento estaba lleno de humo y con olor a longaniza y frijoles refritos, eran Mario y Felipe que a las risas se disponían a cenar.
Al tercer día nos levantamos temprano y mientras desayunábamos nuestra generosa ración de lechuga le dije a mi querido primo la buena noticia: hoy nos toca comer carne, sólo que dice aquí que tiene que ser un bistec de 100gms. Raudos y veloces nos fuimos a la carnicería de la esquina y pedimos los dos bisteces del peso requerido.
Era hermosa y de buen tamaño nuestra ración de carne, pero cuando Don José la aplanó con una plancha de fierro, ¡nombre!, se hizo: UN BISTEC ENORME.
Nos fuimos ilusionados a la escuela sabiendo lo que nos esperaba al mediodía.
Ah, la carne tenía que ser azada, pero no era problema, la pondríamos en la plancha del horno de nuestra estufa.
Que sorpresa nos llevamos al poner aquel enorme pedazo de carne en la plancha, retorciéndose como un “siete cueros” en sal, redujo de golpe y porrazo su tamaño a la mitad. Pero cuando le dimos vuelta, la catástrofe. Se seguía encogiendo.
¡Sácalo! Sácalo! Se va a desaparecer, dijo Alejandro cuando vio que yo me quedé inmóvil y sin saber que hacer.
Que amargura. En el fondo del plato un pedacito de carne, que no nos quedó mas remedio que acompañarlo con una ración generosa de lechuga.
Ese mismo día renunció Alejo, aguantando mis críticas de que era débil, falto de carácter y otras burlas. Yo tardé UN DÏA más en desistir.
Uscanga, Uscanga, te quedaste dormido. Dijo el maestro.
No acostumbro meterme en la vida de mis alumnos, pero voy a hacer una excepción, les voy a hablar a tus papás y les voy a decir la clase de vida que llevas, mira que semblante, mira que ojeras, mírate hecho todo un desastre, insistió el catedrático.
Está a dieta, gritó desde atrás del salón Esteban Murrieta, queriendo hacerse el gracioso.
Pa que les cuento, todos a las risas. La comidilla del grupo. Pero no terminaba mi desgracia ahí, faltaba aún otro capítulo de mí tragicomedia.
A la salida de la escuela, iba caminando con algunos amigos cuando me detuve un momento y no volví a saber de mí hasta que desperté en una banca. Me desmayé. Por suerte me atraparon mis cuates cuando ya me desplomaba.
Esa fue mi primer dieta, pero hubo otras muchas, por ejemplo cuando un seudo médico naturista me puso a comer naranja por cuarenta días, de los cuales aguanté veintitrés días, con veintiún kilos menos pero con una úlcera gástrica y una severa gastritis.
También recuerdo cuando una Dra. Aquí en Coatza, me mandó llevar la dieta de cero carbohidratos (Dieta del Dr Robert Atkins) que consiste en comer: todo tipo de carnes, embutidos, huevos, mariscos, quesos, manteca, margarinas, mayonesas, cremas de leche, aceites, vegetales de hoja. Y los que no se pueden comer son: frutas, pastas, harinas, azúcar, legumbres, verduras como zanahorias, remolachas, chauchas, papas, leche etc. Terminé con unos kilos menos pero con los niveles de colesterol, triglicéridos y acido úrico por las nubes.
Muchas de las dietas publicadas en revistas engañan al público, como lo son la Dieta de la Toronja, la de Angélica María, así como el uso "naturista" de té, algas, lecitina, vinagre de sidra, fructosa, fibra en exceso, y los ayunos en la que se incluye la dieta de La Luna. Y de los más peligrosos como el uso de "complementos naturales" que en realidad son drogas que afectan el sistema nervioso.
Pero la que se llevó las palmas fue una dieta que me puso una Dra. de Villahermosa, acompañada de una droga de nombre Diomeride (Dexfenfluramina), que tiempo después supe que es un psicotrópico que daña el corazón, pero que a mi me hizo bajar 51 KILOS en diez meses.
Por lo que les he narrado y por otras experiencias similares (otro día les platico de que ya estoy azucarado) puedo darles un consejo: DÍGANLE NO A LAS DIETAS, COMAN SANAMENTE Y HAGAN EJERCICIO. Sé de lo que hablo.
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