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De Orilla a Orilla.
María Pilar Ripa
pilar@diariodelgolfo.com |
Pamplona, España.-El mundo en el que vivimos no está como para tirar cohetes en lo que a educación de la juventud se refiere. No sé como estará el tema de la educación en valores en México pero en España cada año que pasa vamos a peor.
Antes los padres y profesores, por el hecho de serlo, eran toda una institución a la que había que amar y respetar. Hoy en día cada vez nos encontramos con más casos de niños y adolescentes denunciados por sus progenitores y profesores por su mal comportamiento, llegando a la agresión física y psicológica por parte de los jóvenes hacia sus mayores.
España es un país que ha mejorado enormemente en calidad de vida, infraestructuras, acceso de la población a los sistemas sanitarios y educación, mejora de los servicios, derechos y libertades para todos, etc. a lo largo de todo el siglo XX y lo que llevamos del XXI. Pero en esta misma medida ha ido cayendo la calidad del trato humano.
Recuerdo que cuando era pequeña pocas casas en mi pueblo tenían la puerta cerrada con llave. Ningún niño necesitaba tener llave de casa, porque la puerta siempre estaba abierta y uno entraba y salía a la hora que le apetecía. A ninguno se nos pasaba por la cabeza que alguien pudiese entrar a robar. Incluso cuando alguien, que no era de casa, venía a pedir algo no tocaba el timbre, metía la cabeza y gritaba el nombre del dueño de la casa.
Hoy, creo que no hay una sola casa en la que no haya que tocar el timbre, identificarte y esperar a que te abran para poder entrar. Hoy las personas ya no nos fiamos ni de nuestra sombra.
Cuando la educación se deja en manos de la escuela y la familia se desentiende acabamos creando una sociedad huérfana de valores, en las que cada cual hace lo que le da la gana y todos perdemos.
Hace unos días leí una entrevista a un juez de menores de Granada. El juez Emilio Calatayud. Un juez muy conocido en España por sus sentencias ejemplificadotas, en las que da al delincuente la oportunidad de reconocer sus errores y hacer algo por la sociedad a la que ha defraudado. Al final de la entrevista habla de un libro escrito por él titulado: “Reflexiones de un juez de menores” (Ed. Dauro), un Decálogo para formar un delincuente. Una feroz denuncia de cómo los adultos estamos siempre, en última instancia, por acción u omisión, detrás de las faltas de los menores. «1: Comience desde la infancia dando a su hijo todo lo que pida. Así crecerá convencido de que el mundo entero le pertenece. 2: No se preocupe por su educación ética o espiritual. Espere a que alcance la mayoría de edad para que pueda decidir libremente. 3: Cuando diga palabrotas, ríaselas. Esto lo animará a hacer cosas más graciosas. 4: No le regañe ni le diga que está mal algo de lo que hace. Podría crearle complejos de culpabilidad. 5: Recoja todo lo que él deja tirado: libros, zapatos, ropa, juguetes. Así se acostumbrará a cargar la responsabilidad sobre los demás. 6: Déjele leer todo lo que caiga en sus manos. Cuide de que sus platos, cubiertos y vasos estén esterilizados, pero no de que su mente se llene de basura. 7: Riña a menudo con su cónyuge en presencia del niño, así a él no le dolerá demasiado el día en que la familia, quizá por su propia conducta, quede destrozada para siempre. 8: Dele todo el dinero que quiera gastar. No vaya a sospechar que para disponer del mismo es necesario trabajar. 9: Satisfaga todos sus deseos, apetitos, comodidades y placeres. El sacrificio y la austeridad podrían producirle frustraciones. 10: Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga con sus profesores y vecinos. Piense que todos ellos tienen prejuicios contra su hijo y que de verdad quieren fastidiarlo.»
En casi 20 años al frente del Juzgado único de Menores de Granada, Emilio Calatayud ha llevado más de 14.000 casos con buena mano y, como le gusta decir, con auténtico «sentido común»: el menos común de los sentidos.
Hay algunas cosas que se podrían añadir a este decálogo, pero en general si padres y educadores lo tuviéramos presente a la hora de educar a nuestros niños y jóvenes y permitiéramos que la frustración y el esfuerzo formara parte también de su vida, tal vez viéramos como crecen jóvenes, maduros y responsables y no, imberbes e irresponsables, potenciales delincuentes.
Hagamos caso al decálogo y enseñemos a los jóvenes que existe otro modo de vivir, que si bien exige un esfuerzo, también produce mucha más felicidad. No todo está perdido, todavía estamos a tiempo de mejorar nuestras sociedades, es cuestión de echarle ganas y poder manos a la obra.