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De Orilla a Orilla.
María Pilar Ripa
pilar@diariodelgolfo.com |
Pamplona, España.-
Ya son más de 500 los cuerpos muertos hallados entre las ruinas de lo que fueron las ciudades de Pisco e Ica; y puede que muchos más, pues hay cantidad de cadáveres que todavía no han sido recuperados. A 200 mil asciende el número de las personas afectadas por el seísmo que destrozo la vida de varias poblaciones pobres del pobre Perú, segando la vida de numerosos de sus conciudadanos.
Parece ser que las desgracias siempre se ceban con el más pobre, con el que tiene menos recursos para defenderse. Esta vez le ha tocado a Perú, pero podía haber sido el caso de cualquier país hispanoamericano o asiático, o africano. Las desgracias parece que no distinguen raza, religión o sexo, pero si posición social y nivel de vida. Al menos las consecuencias siempre son peores para estos y más limitados los recursos para hacer frente a sus males.
La mayoría de los afectados vivían en casitas de adobe, que seguramente trabajaron duramente durante meses para construir. No eran grandes construcciones, ni hermosas urbanizaciones con vistas a un campo de golf. Muchas de ellas seguramente carecían hasta de lo que nosotros consideramos indispensable para vivir: luz y agua corriente. Pero significaban un cobijo, un techo donde resguardarse los días de lluvia y una sombra para guarecerse los días de sol. Era un pequeño patrimonio que dejar a los hijos y sobre todo el único hogar conocido, para muchos de ellos.
Pienso en la vida anterior al seísmo de cualquier familia de las que lo han perdido todo y me las imagino felices en sus casitas de adobe, que aquí dejamos de construir hace más de 60 años. Allí nacieron sus hijos, allí aprendieron a amarse los matrimonios y con qué ilusión y cuantos sueños pusieron la primera piedra sus primeros habitantes. No por más pobres, las ilusiones han de ser menores. También los que menos tienen tienen derecho a soñar y a ilusionarse.
Hoy, casi una semana después del terremoto, esas pobres gentes que tanto trabajaron, rieron y sufrieron para levantar sus casas y mejorar sus vidas, se encuentran todavía en la calle durmiendo a cielo raso. Muchos, intentando vigilar las pocas propiedades que todavía les quedan, para que no sean pasto de saqueadores y maleantes. Gente que hace leña del árbol caído. Aves de rapiña que intentan hacer negocio con la desgracia ajena.
La naturaleza humana es así de miserable, cuando la desgracia les ocurre a otros pensamos, ¡jesusito, que me quede como estoy!, en lugar de prestarnos a echar una mano o buscar soluciones. Primero: yo; segundo: yo y tercero: yo. Esa es la filosofía de vida de todos aquellos que se quedan impasibles ante el mal ajeno, viéndolas venir.
Parece malo lo que ha ocurrido en Perú, pero lo peor está todavía por llegar. Cuando la gente salga del shock en el que se encuentra, las ongd`s regresen a sus países y la ayuda humanitaria deje de llegar, entonces será el momento en el que los ciudadanos afectados se den cuenta realmente de cómo están.
Cuando ocurren desgracias de este tipo, parece que todos nos volvemos un poco más solidarios. Parece que de verdad nos preocupamos por los problemas de los demás y salimos un poco de los nuestros propios, pero… ¿ya será verdad, o un simple espejismo? Dentro de un tiempo se verá. ¿Seguiremos el año que viene acordándonos del terremoto de Perú? Quien dice el año que viene dice el mes que viene. ¿Quién recuerda algo más, a parte de que sucedió, del sunami que arrasó Indonesia hace 3 diciembres? Muy pocos si no contamos a los que lo padecieron y a los que siguen viviendo sus consecuencias.
Vivimos en un mundo en que las catástrofes naturales están convirtiéndose en algo habitual. Tan habitual que perdemos la sensibilidad ante ellas. En el mundo occidental vivimos muy bien, y auque queramos ser solidarios muchas veces nos cuesta muchísimo ponernos en el lugar del otro. Es muy difícil meterse en la piel del otro y sentir como siente cuando se vive en un mundo tan privilegiado.
Todos deberíamos vivir una temporada en un lugar pobre para ser sensibles al sufrimiento del que menos tiene.
Trabajo en una ONGD que tiene un proyecto de derechos humanos en ICA (Perú). Esta mañana hemos hablado con un sacerdote navarro responsable del proyecto y nos ha comentado que allí no ha quedado ni una casa en pie. ¿Y si me hubiera tocado a mí?, me he preguntado.