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De Orilla a Orilla.

María Pilar Ripa
pilar@diariodelgolfo.com



Despistes.

Pamplona, España.-La vida hay que tomarla con alegría. No hacer un drama de todo lo malo que nos sucede, sino darle la vuelta a lagunas situaciones y buscar el lado positivo de lo que nos ha ocurrido.

No digo tampoco que haya que tomarse todo a chiste, pero si que, a veces, hay que darle menos importancia a alguna de las cosas que nos suceden para vivir más felices.

Hay personas por las que parece que la vida no pasa, ni les roza. Y no porque siempre se vean igual, como si para ellas no pasaran los años, sino porque nunca les ocurre nada.

Son la típica persona que en una reunión nunca saben de qué hablar, porque no tienen nada interesante que decir. Suelen ser además ese tipo de personas que tienen un miedo al ridículo espantoso, y nunca reconocerán que les ocurren cosas chistosas de las que ellos son protagonistas.

Si se animan a hablar serán de aquellos que comienzan con: “Pues a un amigo mío… o, a una amiga de mi prima… o, me han contado que…”.

¡Patético, no? Utilizar la tercera persona está bien cuando está escribiendo una novela, pero cuando se trata de contar una anécdota es mucho más divertido si el protagonista es el que la narra.

En algunas ocasiones habrá que hacerlo, porque será verdad, pero no siempre.

A veces es conveniente aprender a reírse de uno mismo y mirar la vida desde fuera, no como si uno fuera el protagonista, sino el espectador de todo lo que ocurre.

Siempre se nos ocurren más consejos que dar a los demás que los que seríamos capaces de aplicar en nosotros mismos.

Por ejemplo, el otro día me marché una hora antes del trabajo. Me obcequé con que era una hora más y cuando el jefe me preguntó que por qué me iba tan pronto, le respondía que era la hora que yo creía que era.

Lo debí de decir con tanta convicción que mi jefe se miró al reloj y exclamó: “Ah, ¡pues me habrá parado!”. A lo que yo respondí: “Sí”. Y me marché tan contenta.

En la calle me topé con mucha gente trabajando y con las tiendas, que normalmente están cerradas a la hora que yo salgo de trabajar, abiertas. Pero como caminaba distraída leyendo un libro, pensé, para mis adentros, que habrían cerrado más tarde.

Sólo caí en la cuenta de que me había pasado de hora, cuando media hora después, ya casi llegando a casa, una niña me preguntó la hora y al mirar el reloj me di cuenta de que era casi la hora que salgo de trabajar.

Entonces tuve que enviar un mensaje al celular de mi jefe para decirle que adelantara una hora su reloj, porque me había equivocado de hora. No fuera a ser que llegara a todas partes tarde por mi culpa.

Una de las cosas que menos me cuesta disculpar en los demás son los despistes. Quizá porque yo soy una despistada redomada. Son tantos los disparates que cometo a lo largo del año que ya he dejado de llevar la cuenta.

No soy despistada de las que no se acuerdan de los cumpleaños o las citas; sino más bien de colocar las cosas fuera de lugar y no saber donde o de darle a los objetos un uso diferente al que tienen.

Por ejemplo: intentar utilizar el mando de la tele como teléfono inalámbrico o el teléfono inalámbrico como mando.


Una vez perdí las llaves del coche y a los dos días, después de volverme loca buscándolas por toda la casa, aparecieron en el congelador. El último lugar de la casa en el que las hubiera buscado.

Pero peor es el caso del padre de una amiga. La verdad es que no sé si la historia es cierta, pero mi amiga la cuenta como si lo fuera y no creo que lo haga por dejar a su padre en mal lugar.

Dice mi amiga que su padre es tan despistado que cuando uno de sus hermanos era pequeño, fue a dejar algo en la cajuela del coche con su hermano en brazos, y se dejó al niño encerrado en esta. Hasta que no comenzó a llorar, su padre no se dio cuenta del despiste.

Otra de esas historias memorables es cuando una amiga mía quedó en una cafetería.

Cuando llegó, su amiga estaba sentada en una mesa con otro chica, así que ni corta ni perezosa y sin preguntar se acercó a la mesa, le dio dos besos a su amiga y otros dos a chica que le acompañaba.

Sólo después cuando se marchaban se dio cuenta que la otra no era amiga de su amiga, sino solamente una persona que estaba buscando mesa y su amiga le ofreció que se sentara en la suya.

Esta misma amiga una vez fue a un encuentro internacional a un pueblo de Francia y a la hora de las presentaciones ella dijo que se llamaba María y una de las personas que estaban allí le respondió:

“Me too”. Mi amiga, que no sabe inglés, le extendió la mano y le dijo:”Encantada mitu”. Fue la chiste de todo el encuentro.

En cualquier caso ninguno de estos ejemplos podrá superar al del Presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowitz, que dio la vuelta al mundo, cuando tuvo que descalzarse para entrar en una Mezquita y al hacerlo todos los fotógrafos apuntaron a los agujeros de sus calcetas.