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De Orilla a Orilla.

María Pilar Ripa
pilar@diariodelgolfo.com



La muerte.

Pamplona, España.-
La muerte, ¡esa gran compañera de la vida!, es una palabra que algunos eluden pronunciar y otros huyen de ella pensando que de ese modo permanecerá alejados de ellos.
La muerte es lo que tenemos más seguro que llegará algún día para los que estamos vivos. Ninguno tenemos la vida comprada sino, más bien, con fecha de caducidad.

Mi abuelo solía decir que nadie se muere antes de que le llegue la hora. Y es verdad. Uno no elige la hora, ni el lugar. Tampoco quien se suicida puede decirse que haya elegido morir. La desesperación o el dolor suelen ser causas, pero eso no es querer morirse.

Cuenta una historia, que un joven, una noche, se encontró con la muerte en una plaza y esta le dijo: “Estate preparado porque mañana, a esta misma hora, te voy a ir a buscar”.

El joven, aterrorizado, recogió sus cosas, montó en su caballo y salió al galope. No dejó de cabalgar hasta que el caballo estuvo exhausto. Al caer la noche, la muerte se le volvió a presentar otra vez.

El joven, preso del pánico y con la voz temblorosa, le preguntó: “¿Cómo me has encontrado si he escapado lo más lejos que he podido de ti?”.

“Eso me preguntaba yo ayer por la noche cuando nos encontramos –respondió la muerte- como iba a hacer para llevarte conmigo si esta noche tenía que estar aquí”.

Nadie se libra de ella. La muerte es implacable y demoledora, nos persigue a todos en un momento u otro de la vida, y así ha de ser.

Es nuestra compañera a lo largo de toda nuestra existencia. Cada día que pasa es un día menos en nuestra cuenta de resultados final. Con todo, muchas personas viven como si la muerte nunca fuera a alcanzarles.

Se pasan la vida esforzándose en lograr una gran fortuna, en acumular riqueza para un futuro que no sabemos si llegará y en hacerse con un título que le dé poder y reconocimiento social. Y lo que es peor, muchos están convencidos de que todo eso les ayudará a conseguir la felicidad.

Me cuesta comprender cómo es posible que haya personas inteligentes, que sabiéndose finitas, puedan basar su vida en la acumulación de riquezas materiales, a un a costa de infligir algún mal a sus semejantes, o en conseguir títulos y poder.

Cuando la muerte está ahí precisamente para hacernos ver que todo eso es etéreo, que se termina, que las grandes fortunas no pueden comprar la propia vida.

Todavía hay gente capaz de hacer cualquier cosa por dinero, incluso terminar con la vida de sus prójimos.

Sabemos que nos vamos a morir y, sin embargo, nos aferramos a la vida como a un clavo ardiendo. Nunca he tenido madera de mártir, pero si hemos de morir, por qué no hacerlo luchando por construir un mundo mejor para todos.

¿No es mejor morir, aunque sea joven, sonriendo y con la conciencia limpia, pensado que al menos hemos intentado ayudar a otros a realizarse; que morir amargado, rodeado de lujo y soledad después de una larga vida de la que no hemos podido disfrutar porque el ansia de tener más y de ser más poderosos nos ha impedido gozar de lo que ya habíamos logrado?

En esta época, en que está tan de moda hablar de igualdad para todos, podríamos decir que la muerte es la más igualitaria de todas las realidades que nos tocan vivir.

La muerte si que no distingue entre pobres y ricos, buenos y malos, poderosos y humildes. No hace distinción de género, raza o religión, ¡gracias a Dios!. A todos se los lleva inexorablemente. Y a pesar de todo, ¡qué mala prensa tiene!

Como decía Jorge Manrique:

“Nuestra vidas son los ríos
que van a dar a la mar,
¡qué es el morir!;
allí van los señoríos
derechos así acabar
y consumir;
allí los ríos más caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
allegados, son iguales,
los que viven por sus manos
y los ricos.

Por muy doloroso que resulte perder a un ser querido, siempre lo será menos si nos queda la esperanza de que algún día nos volveremos a encontrar, y esta vez sí, será para siempre. Esta vida no tiene sentido sin la otra, pero tampoco lo tiene sin la muerte.

Si la muerte no existiera, algunas personas serían desgraciadas eternamente.

¡De lo que les ha librado la muerte!