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De Orilla a Orilla.

María Pilar Ripa
pilar@diariodelgolfo.com



Los cinco sentidos.



Pamplona, España.-
Ver, oír, sentir, oler y gustar estos son los cinco sentidos que todos tenemos en circunstancias normales. Más el sentido común, que según los entendidos, es el menos común de los sentidos.

Cinco, son cinco como los cinco lobitos, pero no a todos les otorgamos la misma importancia en nuestra escala de valores. Si a alguno nos preguntaran cuál es el sentido al que le otorgamos más importancia, con el que nuestra vida sería mucho más difícil si nos faltara, la mayoría responderíamos que la vista, o tal vez el oído. Son estos quizá los dos son sentidos más evidentes, pero no por ello más importantes.

Qué haríamos por ejemplo si nos faltara el sentido del tacto. ¿Se imaginan no sentir caricias o no notar un golpe? Esto último que puede parecer una suerte, no lo es, porque el dolor nos avisa de que algo no va bien en nuestro organismo. Si no sintiéramos dolor podríamos estar sufriendo hemorragias internas y no lo notaríamos hasta que fuera demasiado tarde. La caricia de un hijo o un beso de amor se convertirían en algo frío e incluso desagradable.

También el gusto es un sentido que conviene no perder. ¿Que sería de una suculenta comida, ahora que están tan de moda los grandes restauradores, si no tuviéramos paladar para saborear los manjares con los que nos obsequian nuestros amigos? ¿O cómo podríamos distinguir el veneno del azúcar si nos faltara el sentido del gusto? El opio o la cicuta, el caramelo o el chile todo tendría el mismo sabor. Comer sería una verdadera tortura.

En cualquier caso, de todos los sentidos, me quedo con el olfato. Creo que es el más evocador de los ellos. Además de avisarnos del peligro, por ejemplo cuando se quema algo, nos trae a la mente sensaciones pasadas, momentos inolvidables, personas lejanas. Nos acerca lo pasado y nos ayuda a gustar lo presente.

El otro día paseando por mi ciudad cerré los ojos al pasar por el parque de la Taconera, tan lleno de árboles de todas las clases, en los que comenzaban a brotar ya las primeras hojas y fue como transportarme a cualquiera de los campamentos de verano a los que acudía de pequeña. Rodeada de montañas, bosques y tiendas de campaña. Con un río cerca de aguas heladas y decenas de niños saltando de un lado para otro.

El sentido del olfato es uno de esos a los que les damos muy poca importancia y sin embargo es el que nos acerca o nos aleja de los demás. Uno puede ser alto o bajo, puede ir mal vestido o llevar ropa de marca, ser feo o hermoso, ser un tipo elegante o descuidado; pero lo que no se puede es ir por la calle oliendo mal. Cuando un niño se hace caca su mamá enseguida lo cambia, no sólo porque el niño se sienta incómodo, sino también porque es desagradable incluso para ella.

Oler bien es un requisito casi indispensable para vivir en sociedad. Si nos presentamos a alguien bien vestidos, y somos amables con ellos y sabemos sonreír, pero olemos mal; el único recuerdo con el que se quedarán nuestros interlocutores era que olíamos fatal.

Suelen decir que la comida, por donde primero entra es por el ojo, y es cierto; pero si además de tener buen aspecto tiene buen olor, será perfecta.

Supongo que por algo se inventaron los perfumes. Aunque tampoco es necesario oler a rosas, con oler a limpio es suficiente.

No hay cosa más hermosa que oler el viento. Respirar profundamente y sentir la vida inundar las entrañas. Pero apresurémonos a respirar, porque con la contaminación empapando la atmósfera, en un tiempo, respirar aire puro formará parte del imaginario colectivo.